Por: Brenda Covarrubias Aguayo
Actualmente términos como la depresión o la bipolaridad se utilizan de manera indiscriminada y excesiva por parte de la sociedad. Es muy común calificar a aquellos que nos parecen demasiado incomprensibles, sin motivaciones, sin sabor a la vida o malhumorados; como bipolares o deprimidos.
La depresión, el tema al que dedicamos el boletín de este mes, se ha posicionado dentro de las enfermedades con mayor número de afectados. No permitamos que la cantidad, empobrezca nuestra percepción ante la gravedad de esta enfermedad.
La depresión es una enfermedad ya que posee serias consecuencias:
- Incapacita a la persona.
- Se siente un gran vacío.
- Afecta el sueño y el hambre.
- Hay una pérdida de experimentar placer.
- Se presentan sentimientos de culpa y tristeza inexplicables.
Algo muy trágico es que estos síntomas son mal percibidos o peor aún: invisibles a los ojos de los demás.
No nos atreveríamos a enjuiciar o forzar a alguien para “reaccionar” o “moverse” cuando tiene una fractura y le enyesan un miembro del cuerpo. La depresión incapacita de igual manera; la diferencia es que, es el alma quien está fracturada.
Entendamos que los chiqueos, los “ánimos” y la pura fuerza de voluntad no son suficientes para sanar este estado. La persona deprimida debe someterse a un tratamiento psicoterapéutico –y en ocasiones apoyarse de medicamentos- para entender de donde proviene ese núcleo patógeno, y progresivamente ir sanando, recuperando y “construyendo” una nueva vida.
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