Por: Psic. Mónica Urdapilleta Carrasco
La depresión es una enfermedad que cada día va en aumento. Según datos de la OMS en el año 2000 la depresión ocupó el cuarto lugar en la tabla de enfermedades causantes de discapacidad, pronosticando que para el 2020 esta enfermedad ocupará el segundo sitio. La gravedad de las anteriores cifras radica en la relación entre la depresión y el suicidio ya que actualmente, en el mundo, muere una persona cada 40 segundos, pudiéndose convertir esta cifra en algo dramático al poder morir en el 2020 una persona cada 20 segundos. La depresión no es tristeza, es una enfermedad del estado de ánimo que se caracteriza por una incapacidad para poder disfrutar la vida. Varios son los momentos en la vida en que se puede presentar la depresión: la muerte de un ser querido, la terminación de una relación afectiva, la pérdida de un empleo, la depresión posparto, la depresión de la mediana edad (la crisis de los 40´s) y el síndrome del nido vacío (cuando los hijos se van). En el caso de una pérdida, cuando la persona no vive el duelo y no comprende la carga afectiva que había depositado en la persona, situación o cosa perdida, entonces se puede pasar a una depresión mayor. Es decir, una persona puede perder a un ser querido y sentir que su vida ha perdido sentido, y es que la persona además de perder a su padre, madre, hermano, pareja… pudo haber perdido también al único familiar que tenía, a la persona con quien podía compartir gratos momentos, al ser con quien podía platicar sus más íntimos secretos, etc., Por lo anterior la depresión debe de ser tratada multidisciplinariamente ya que hay que considerar los aspectos psicológicos, sociales y fisiológicos de la misma y no sólo ser tratada con psicoterapia o medicamentos, sino con el tratamiento que la persona necesite para salir adelante del túnel por el que atraviesa.
DETECCIÓN
· Me siento triste
· Siento que no tengo perspectiva del futuro
· Siento que fallo más que una persona normal.
· No disfruto de las cosas como antes.
· Me siento culpable buena parte del tiempo.
· Estoy desilusionado de mí.
· Me critico por mi debilidad o por mis errores.
· Tengo pensamientos de muerte.
· Lloro más que antes.
· Me siento molesto o irritado más fácil que antes.
· Estoy menos interesado en otra gente que antes.
· Evito tomar más decisiones que antes.
· Me cuesta un esfuerzo extra empezar a hacer algo.
· No puedo dormir tan bien como antes.
· Me canso más fácil que antes.
· Mi apetito no es tan bueno como antes.
· Estoy menos interesado en el sexo que antes