
Por: Psic. Brenda Covarrubias
Quisiera empezar este artículo con algunas definiciones que brinda el DRAE sobre la voluntad: Facultad de decidir y ordenar la propia conducta; libre determinación; elección de algo sin precepto o impulso externo que obligue a ello; ánimo de hacer algo. Ahora quisiera preguntarles ¿Con qué frecuencia nos sentimos tan decididos o libres para transformar nuestros pensamientos en acciones? La fuerza y la voluntad son dos conceptos virtuosísimos, pero escasamente trabajan en conjunto. Es decir, generalmente somos testigos del efecto de la “fuerza de voluntad” cuando tomamos decisiones cortas y rápidas. Una explicación a grandes rasgos para este fenómeno, se debe a que todo el tiempo hay impulsos que quieren satisfacerse, pero no siempre podemos otorgarnos ese placer. Esta demora hace que nuestro cuerpo y nuestra mente se sientan insatisfechos, molestos, o como decimos vulgarmente: “de malas”. Y es aquí cuando se complica que la voluntad por sí sola, pueda frenar estos impulsos, y brindarnos calma y tranquilidad. Otro principio sobre el que nos movemos, es el de realidad –y aunque suene paradójico, no siempre lo atendemos. Este principio nos reclama por que tomemos en cuenta las circunstancias, los tiempos y a las demás personas, de una manera más equitativa, objetiva o razonable; en función de que más adelante, nos aseguremos ese placer y realmente podamos satisfacer los impulsos de forma permanente. Reconocer nuestras ataduras no significa que no seamos libres, pero rendirnos ante los impulsos por pensar en frases como: “Es mi vida”, “Yo sabré lo que hago”, “Soy libre para hacer lo que quiera”, ¿no les suena más a que estamos actuamos de forma “voluntariosa”? Concepto que no tiene que ver con la pareja –fuerza y voluntad- a la que dedicamos este boletín.
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