
Por: Psic. Brenda Covarrubias.
Erróneamente se cree que la palabra adolescencia tiene alguna raíz proveniente a: “que adolece”. Este vocablo deriva del verbo latino adolescere, que significa crecer o desarrollarse.
Sin embargo, si observan, o mejor aún: si pudieran recordar que se siente ser adolescente; lograríamos confirmarnos que sí es una etapa que duele. Duele no saber de dónde provienen los malestares y las caras largas. Duele no lograr darles una respuesta prudente o satisfactoria a nuestros padres; quienes sólo reclaman por nuestras irresponsabilidades, el continuo tedio, y que nuestro primer y último interés sean nuestras amistades.
En esta etapa una de las principales necesidades del adolescente es la búsqueda de una identidad. Esta búsqueda puede provocar angustias; ya que sus pensamientos están concentrados en los duelos por los que está atravesando. Los principales son: dejar un cuerpo infantil, probar distintos grupos sociales y culturales; que a veces llevan implicada más confusión y rechazo; y el duelo por no sostener el antiguo trato con nuestros padres. Si el adolescente no ha logrado encontrar aquellas figuras que puedan sostenerlo, corre el riesgo de formar “identidades negativas” ó malas influencias como comúnmente escuchamos. Esto, se da como resultado de que es preferible tener una identidad poco sana o inconveniente, a estar totalmente carente de una. Es por esto que los adolescentes fluctúan de una identidad a otra en breve tiempo y de una manera muy radical. El adolescente tiene una necesidad imperiosa y desesperante de ¡ya ser él mismo!
Cuando esto se ha logrado, los padres también deberán poco a poco y irse separando de ellos, tanto en el terreno físico como psicológico.
Sin olvida que los hijos siempre querrán -aunque lo nieguen- que los padres realicen sus funciones.