Los límites son necesarios para el sano desarrollo de los seres humanos. El que podamos conocer nuestros límites, nos ayuda a construir una idea clara de mi potencial: lo que puedo alcanzar, así como lo que debo respetar. Lamentablemente, no es un concepto con el que se nace, es algo que se construye día a día desde nuestro nacimiento con el apoyo de nuestros padres. M
ás allá de que los límites signifiquen restricción, son más bien una red de contención necesaria para poder crear vínculos de confianza, seguridad y apoyo. Y el inicio de esta amorosa contención son los hábitos: los momentos en que mis papás me dicen que debo hacer las cosas, que son predecibles y que me ayudan a estar sano y feliz. Cuando como padres nos preocupamos porque nuestros hijos duerman a sus horas, coman en los momentos en que deben comer y jueguen cuando es momento de hacerlo, les brindamos a los hijos de una manera natural y sana esa protección y confianza que necesitan. Este efecto no solo lo tienen los niños, sino también los padres, ya que sienten que tienen todo acomodado, se preparan y saben exactamente lo que van a hacer. Los niños que no reciben límites, crecen con la sensación de no tener a nadie que los pueda contener. Un padre que no pone límites se siente desesperanzado y solo, ya que se siente cansado de tanta ambivalencia además de ser el malo en la familia. Muchas veces lo que se retroalimentan padres e hijos es esta necesidad de sentirse seguros: los niños de sentirse seguros que hay alguien que los cuida y que puede tomar las mejores decisiones, y los adultos de sentir que están haciendo un buen trabajo. Lo importante es intentarlo.
ás allá de que los límites signifiquen restricción, son más bien una red de contención necesaria para poder crear vínculos de confianza, seguridad y apoyo. Y el inicio de esta amorosa contención son los hábitos: los momentos en que mis papás me dicen que debo hacer las cosas, que son predecibles y que me ayudan a estar sano y feliz. Cuando como padres nos preocupamos porque nuestros hijos duerman a sus horas, coman en los momentos en que deben comer y jueguen cuando es momento de hacerlo, les brindamos a los hijos de una manera natural y sana esa protección y confianza que necesitan. Este efecto no solo lo tienen los niños, sino también los padres, ya que sienten que tienen todo acomodado, se preparan y saben exactamente lo que van a hacer. Los niños que no reciben límites, crecen con la sensación de no tener a nadie que los pueda contener. Un padre que no pone límites se siente desesperanzado y solo, ya que se siente cansado de tanta ambivalencia además de ser el malo en la familia. Muchas veces lo que se retroalimentan padres e hijos es esta necesidad de sentirse seguros: los niños de sentirse seguros que hay alguien que los cuida y que puede tomar las mejores decisiones, y los adultos de sentir que están haciendo un buen trabajo. Lo importante es intentarlo.Hay una frase de Fernando Savater que puede describir lo que se necesita en una familia: "Para que una familia funcione educativamente es imprescindible que alguien se resigne a ser adulto. Y me temo que este papel no puede decidirse por sorteo ni por votación asamblea. El padre que no quiere figurar sino como -el mejor amigo de sus hijos-, algo parecido a un arrugado compañero de juegos, sirve de poco; y la madre, cuya única vanidad profesional es que la tomen por hermana ligeramente mayor que su hija, tampoco vale mucho más."

